Marie Curie ganó el Premio Nobel de Física en 1903, "en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubierta por Henri Becquerel"

“Hace poco hemos [plural] terminado un trabajo muy importante que hará [singular] mundialmente famoso a mi marido”. Aquel trabajo fue conocido como Teoría de la Relatividad y la frase es de Mileva Maric, mujer de Albert Einstein. El uso del singular pone de manifiesto la posición que ocupaba la mujer en los albores del siglo XX. Aun así, la mujer salía del túnel de la Edad Media, 1.500 años después del asesinato de Hipatia en Alejandría.

Los colegas de Einstein comentaban que Mileva resultaba desconcertante por lo buena matemática que era y afirmaban que “le resolvía [a su marido] todos sus problemas matemáticos, en especial los de la Relatividad”. Sin embargo, Mileva es una perfecta desconocida, abandonada por Einstein unos años antes de obtener el Nobel.

Mejor suerte corrió su contemporánea Marie Skłodowska-Curie, a quien se le reconoció su valía, dedicación y conocimiento con dos premios Nobel. Sin embargo, sufrió rechazo social por su relación personal con el físico Paul Langevin y jamás fue admitida en la Academia de las Ciencias Francesas. 

Afortunadamente, el siglo XX amplió la lista de científicas. La mentalidad varonil se agrietaba y la valía de otras mujeres fue reconocida. Williamina Fleming, emigrante escocesa y madre separada de 24 años, fue contratada por Edward Pickering, director del Harward College Observatory. A lo largo de 30 años, esta astrónoma descubrió más del 20% de las novas conocidas, así como la Supernova Cen. Ahora bien, el 12 de marzo de 1900 se plantó en el despacho del director del Observatory y le preguntó que por qué cobraba 1.500 dólares al año, la mitad que sus colegas varones. Recibió como respuesta que no debía quejarse, que tenía un excelente sueldo para lo que habitualmente cobraba una mujer.

Otras mujeres jamás tuvieron problemas. J. Stuart Barry se graduó en la Escuela de Medicina de Edimburgo, se hizo cirujano militar y llegó a desempeñar el cargo de inspector general de los hospitales canadienses. Eso sí, vivió permanentemente con un secreto: su éxito fue posible porque vivió disfrazada de varón y se hizo llamar James. Al morir se conoció su verdadero sexo.

Todavía hoy, en las aulas se escuchan comentarios de algunos profesores a sus alumnas para que destinen sus fondos a comprar vestidos y no libros. O los de aquellos bienintencionados que intentan convencer a sus discípulas de que opten por una investigación experimental y se alejen de las teóricas, pues sus manos resultan excelentes para el laboratorio, pero sus mentes son poco adecuadas para el razonamiento abstracto.

Existen evidencias de que el enfermo mejora. Gracias a la mayoría de alumnas que pueblan las aulas, se ha llegado al 22% del número de profesoras y al 32% de investigadoras, hay más becarias y las profesionales científicas están encuadradas en la franja de edad de entre los 26 y 45 años.

En el siglo XXI, la investigación científica ha crecido exponencialmente gracias a que el número de científicos vivos hoy en día supera con creces al número de científicos fallecidos en el transcurso de los últimos 5.000 años.

Por razones sociopolíticas, económicas y demográficas, el crecimiento exponencial del número de científicos —hombres— ha tocado a su fin —simplemente es cuestión de aplicar el método científico—. La última esperanza es la incorporación real de las mujeres a la ciencia. Eso sí, a ser posible, con todos los derechos y todas las obligaciones.

Eduardo Costas y Victoria López Rodas

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