Mirada de asombro ponen todos los niños cuando los mayores les aseguran que se puede cortar sin temor el rabo de una lagartija, que le vuelve a crecer. Todo un prodigio, envidia de cualquier traumatólogo, el artesano de los huesos.
Los ciberfuturistas —más ligados a la neurología que a los traumas— pronostican que, en 50 años, unos microchips instalados en el cerebro en combinación con artilugios creados en el laboratorio transformarán las parálisis (paraplejias o tetraplegias) o las amputaciones en un proceso de adaptación para manejar miembros artificiales.
También auguran técnicas operatorias tan poco invasivas que las actuales laparoscopias parecerían auténticas carnicerías. Dibujan a un cirujano frente a una pantalla táctil manipulando el cuerpo de su paciente mientras, en la sala contigua, una maquinaria de precisión ejecuta las órdenes con tal exactitud que sería capaz de separar células sin dañarlas.
Quirófanos sin sangre, pacientes sin cicatrices y, sobre todo, el cuerpo humano restaurado sin problemas. Meta de un camino que comenzó por el aprendizaje de que, ante una rotura, la inmovilización permite que los huesos quebrados se unan (las tabillas y el yeso), que gracias a los rayos X y a la anestesia se pudo avanzar en la ferretería (osteosíntesis), en la consecución de piezas de recambio igualmente válida que los originales (prótesis, placas, tornillos…) y la artroscopia y la microcirugía. Ver artículo completo »












