El alcohol afecta más a las mujeres. Foto de Carmen Romero

Por mucho que se empeñen (noblemente) en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, hay elementos morfológicos que nos diferencian como género, y de qué manera. Por ello, a la hora de legislar, la discriminación positiva no sólo debiera de limitarse a primar al sexo más débil para allanar el camino de las oportunidades, sino también debiera aplicarse en destacar las diferencias para alcanzar realmente ese grado de igualdad.

Por ejemplo, todos, hombres y mujeres, tenemos derecho a disfrutar de los pequeños placeres mundanos, como puede ser el disfrutar de unas copas de vino durante la comida o la ingesta de un trago después (y a fuerza de ser políticamente incorrecto, el tabaco), pero ni unos ni otras tienen derecho a poner la vida en peligro de sus semejantes conduciendo en estado de embriaguez.

Se pongan como se pongan los legisladores o los grupos de presión, el alcohol discrimina por sexo y las mujeres aguantan menos (tienen tendencia a emborracharse antes). Y en esto tiene mucho que ver la manera en la que estamos construidos. 

El alcohol es una molécula muy hidrosoluble que se distribuye por los tejidos siguiendo el espacio del agua corporal. Eso quiere decir que la corriente sanguínea lleva rápidamente el etanol (el principal ingrediente que tienen las sustancias alcohólicas) a través del cuerpo.

El resultado es que su concentración en la mayoría de órganos y tejidos bien irrigados es similar a la de la sangre. Pero no se difunde bien en la grasa. Esto hace que afecte más a las mujeres, ya que su grasa subcutánea es mayor que la de los hombres, y su volumen de sangre menor. Es decir, se concentra de manera más rápida y sus efectos se hacen notar antes.

De igual modo, el etanol se metaboliza —se convierte en otra sustancia— principalmente por el hígado, y en menor grado por el riñón o pulmón, entre un 2% y un 10%. Lo hace a un ritmo en torno a 0,1-0,3 g/l sangre/hora, dependiendo del peso corporal, otro factor en detrimento de las mujeres (a menor peso, más tiempo tardará en convertirse en otra sustancia y, por lo tanto, antes aparecerán los síntomas de la borrachera).

Asimismo, en este proceso metabólico intervienen tres encimas. La Alcohol Deshidrogenasa (ADH) es la más activa en las personas no alcohólicas. Y el nivel de actividad de ADH en las mujeres es más bajo que en los hombres, lo que contribuye a que presenten valores más altos de alcoholemia (las otras dos encimas, cuyos efectos a largo plazo derivan en lesiones en el hígado —hígado graso o cirrosis— trabajan de manera similar en ambos sexos).

Entonces, si la genética marca diferencias tan nítidas, ¿por qué ese empeño machacón en hacernos iguales sin medir realmente si existen consecuencias negativas para todos, fruto de utilizar la misma vara de medir?

Ariadna Cabello

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