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La ciencia ha mejorado espectacularmente nuestra calidad de vida. Ya no se sufre la tragedia de ver morir a los hijos, los parásitos han desaparecido del cuerpo del hombre, apenas se siente dolor… La ciencia aporta una vida cómoda, segura y, en gran parte, predecible. Pero como contrapartida, no deja de dar tremendos golpes en el orgullo colectivo del ser humano.

Poco antes de Galileo, el hombre estaba hecho a imagen y semejanza del mismísimo Dios y, en consecuencia, ocupaba el centro de la creación: la Tierra estaba quieta en su posición privilegiada y todos los demás cuerpos cósmicos (las estrellas, el Sol, los otros planetas…) giraban inalterables alrededor suyo. Ahora resulta que la Tierra no es más que un miserable planeta de un sistema solar de segunda mano, en un extremo de una más de entre los millones de galaxias existentes… En pocos años pasamos de ser los reyes de la creación a ser insignificantes en la inmensidad del universo…

Y va a peor. Hace poco se ha derribado otro de los pilares sobre los que ha construido los mitos de la civilización y el progreso: el desarrollo de la agricultura, un hito que formaba parte del patrimonio de la especie más inteligente que jamás pobló la Tierra. 

Los Neandertales nunca lo consiguieron, y los humanos la lograron desarrollar en los últimos 17.000 años de los más de 200.000 de vida en el planeta. O lo que es lo mismo, si se asume que todas las generaciones de Homo sapiens como nosotros (desde los primeros hombres sobre la Tierra hasta hoy en día) transcurrieron durante un solo año, la agricultura habría aparecido en el mes de diciembre. Durante la gran mayoría del año, el hombre tan sólo habría sido un cazador y recolector que no le hacía ascos a la carroña.

Un equipo del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Rice en Houston, Texas, acaba de demostrar que unas simples amebas (microscópicos protozoos unicelulares habitantes del barro que llegaron a ser célebres paradigmas de la simplicidad en nuestros libros de Ciencias Naturales), por sorprendente que parezca, han desarrollado también una forma de agricultura.

Dictyostelium discoideum es una ameba que pasa la mayor parte de su vida como un organismo celular aislado, alimentándose de bacterias en medio de los barrizales. Pero resulta bien conocida porque, cuando las cosas van mal y los recursos disminuyen, los Dictyostelium se caracterizan por sus complejas interacciones sociales: entre estas interaciones destacan las agrupaciones de millones de ellas formando unos curiosos organismos bastante complejos, que les permiten formar una estructura especializada para conseguir migrar y reproducirse.

Los diminutos Dictyostelium no dejan de sorprender a los investigadores: buena parte de sus cepas también cultivan bacterias. Seguramente descubrieron la agricultura 2.000 millones de años antes que los humanos.

Durante los últimos años se ha sabido que numerosos animales, a los que no se les considera prodigios de inteligencia, han desarrollado la agricultura: entre ellos, las varias especies de hormigas y termitas, que cultivan hongos para comer en los ambientes modificados dentro de sus termiteros; o los escarabajos de la ambrosía.

Incluso hay agricultura marina, con algunas especies de peces granjeros de algas o serpientes marinas agricultoras en los espacios intermareales. Pero que una vulgar ameba, un organismo de tan solo una célula, consiga un logro que a nuestra especie le costó mas de 180.000 años es, sin duda, una humillante bofetada en nuestro orgullo intelectual.

¿Por cuántos tragos ignominiosos tendrá que tragar el ser humano para encontrar su verdadero lugar en el planeta?

Eduardo Costas

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