Los relojes, un invento del diablo ideado por los hombres para atrapar el tiempo, han protagonizado numerosas paradojas en la historia. La primera, la división del día en 24 horas, fruto de los relojes solares de los egipcios. Pero la medición de un reloj de sol solo es perfecta en el Ecuador. Si se encuentra en otra latitud, solo funciona en marzo y en septiembre. Hubo que esperar al desarrollo de los relojes mecánicos, en el siglo XIV, para poder medir los días de 24 horas con exactitud.
A medida que han avanzando los ingenios de medición, se ha demostrado que los cálculos anteriores estaban mal hechos, por lo que se han tenido que modificar. Hace 30 años se afirmaba que un segundo es 1/86.400 parte del día solar medio. Pues no, es falso: ¡la infalible rotación de la Tierra es un mal reloj que atrasa algo más de 1/500.000 de segundo por año!
Por el contrario, el Universo sigue su camino y la traslación de la Tierra alrededor del Sol constituye un calendario casi perfecto, que apenas ha variado desde hace millones de años. Algo que notan los viejos de algunas aldeas, que afirman sin rubor que la Luna es ahora más pequeña que cuando ellos eran jóvenes. Y no les falta razón. La Luna retrocede y se sitúa cada año cuatro metros más lejos de la Tierra.
Este retraso en la rotación se debe a la fricción de las mareas, que disipa como calor parte del momento angular de la Tierra. El sistema Tierra-Luna compensa este momento angular aumentando su distancia. Pero esto corresponde a otra historia, la del espacio.
El resto de los seres vivos han desarrollado una especial habilidad para construir relojes biológicos capaces hasta de compensar el retraso de la rotación terrestre. Las cianobacterias son unas excelentes relojeras. Se dividen exactamente una vez al día, y los millones de cianobacterias de un cultivo sincronizan con absoluta precisión su división celular.
Otras algas unicelulares también son capaces de hacer lo mismo. Para ello, ponen en hora un reloj biológico basado en glicoproteínas transmembrana mediante el paso de luz o de oscuridad (del día a la noche) y se dividen exactamente ocho horas después del comienzo de la fase oscura. Si se les oculta información de cuándo es de día o de noche (manteniéndoles con luz artificial las 24 horas) su reloj sigue funcionando.
De modo similar actúan los dinoflagelados. Apenas viven una semana, pero saben con una precisión meridiana cuando llega el momento de proliferar intensamente, a principios de otoño, o cuando llega el momento de enquistarse para pasar el invierno, aunque lleven años confinados en un tubo de ensayo, permanente iluminados, a temperatura constante y con agua de mar artificial.
Otro alga, llamada Spirogyra inignis, es capaz de medir exactamente el paso de las horas y de los días. Su preciso calendario resulta un poco macabro, y tras contar 265 días se dirige a una muerte genéticamente determinada.
Todos los seres vivos, desde los más insignificantes a los más poderosos, con una inteligencia más simple o más compleja, parecen tener una variable en común: el esfuerzo constante y continuo de contar el tiempo. Tiempo que nos conduce a abandonar el reino de los vivos. Conociendo el final de la película, solo cabe preguntarse si lo que pretendemos es atrapar el tiempo para alcanzar la inmortalidad que se nos ha negado, precisamente, por estar vivos.




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