Foto de Charlie Antonio

 

Un niño de ojos despiertos y redonda cara rosada corre divertido hacia una naranja que acaba de caer. Está en Jerez, en una plaza alta, junto al Alcázar y hace bueno, es un día luminoso de febrero. El niño coge la fruta con ambas manos y mira a sus padres. Sonríe como un esquimal de oro, guiñando los ojos y enseñando sus separados dientecitos.

Una mujer anciana a su lado, con un característico gesto de manos, dice: “Niño, no se pue comer, sólo con el repollo, cocida, el día de la fiesta…”

Las naranjas amargas que caen al suelo en las calles de las ciudades andaluzas son recogidas y vendidas a empresas del Reino Unido, que fabrican con ellas esencias y perfumes, y con las recogidas de los árboles, mermeladas y chocolates, muy del gusto british

Naranjas amargas y pomelos contienen unas sustancias, la naringina y la bergamotina, flavonoides capaces de inhibir (saturar más bien) al citocromo P-450, una vía metabólica común para muchos medicamentos y sustancias tóxicas.

De hecho, los hipertensos con frecuencia son tratados con antagonistas del calcio, como el nifedipino o el amlodipino, los cuales se metabolizan por esta vía en el hígado. Si uno de estos pacientes tomase zumo de pomelo, sus niveles de antihipertensivo subirían en sangre de forma peligrosa, ocasionándole una bajada de tensión.

La interacción entre zumo de pomelo y algunos medicamentos se conoce desde hace 20 años, y es deseable popularizarla, para evitar desagradables efectos indeseados de dichos tratamientos.

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