Joseph Kennedy, patriarca de uno de los clanes políticos más famosos de Estados Unidos, fue uno de los responsables del Crash del 29 —irónicamente, después de beneficiarse de la caída de la Bolsa fue uno de los encargados en poner la solución, que se mantuvo hasta la aparición de los neocon— y también de la popularización de una de las soluciones a la locura que más daño ha hecho: la lobotomía.
Esta técnica se refiere, de manera global, a toda clase de cirugía aplicada a los lóbulos frontales del cerebro que destruya las vías nerviosas, separando la conexión entre la corteza prefrontral y el resto del cerebro. Fue desarrollada en 1935 por el neurólogo Egas Moniz y el cirujano Almeidas Lima. Moniz recibió el Premio Nobel de Medicina en 1949, aunque no fue por el desarrollo de esta técnica.
Joe vivió los convulsos años 30 entregado por entero a la política de la mano de su amigo Franklin D. Roosevelt. Bajo su mandato desempeñó varios cargos. El último, al frente de la Embajada americana en Londres, entre 1938 y 1940, donde apoyó sin ningún tipo de rubor al régimen nazi, con el que intentó que EE UU entablara relaciones privilegiadas.
Eso, junto a su marcado antisemitismo, contribuyó de manera decisiva a su suicidio político. Jamás tuvo reparos para eliminar cualquier obstáculo que impidiera que uno de los suyos, si no él mismo, ocupara el Despacho Oval de la Casa Blanca, aunque ese obstáculo procediese de su propia familia.
Cuatro años antes, en 1936, el verdadero quebradero de cabeza del ambicioso Joe era Rose Mary, la tercera de sus nueve hijos. Tenía 22 años y era una muchacha que se valía por sí misma, aunque precisaba un poco de ayuda debido a un pequeño retraso mental. Como correspondía a una joven de su edad y posición, Rose Mary tenía un comportamiento desinhibido y una activa vida social, en la que no faltaba su curiosidad por los chicos.
La posibilidad de que pudiera quedarse embarazada de cualquier desconocido no sólo hubiera supuesto una vergüenza para una familia de patricios, también el fin de la carrera y ambición política del pater familias.
Para resolver el problema, acudió con Rose Mary a la consulta del doctor Walter Freeman (ironías del destino, su apellido significa “hombre libre”). El psiquiatra había desarrollado un procedimiento infalible para tratar cualquier tipo de desórdenes humanos. Se trataba sencillamente de una macabra evolución de la técnica de Moniz.
El Dr. Freeman aturdió a la joven con cuatro electroshocks consecutivos. Mientras sus ayudantes la sujetaban, levantó uno de sus párpados, colocó un afilado estilete justo por encima del globo ocular y, golpeándolo con un martillo, atravesó el débil hueso que forma la parte superior de la órbita, hundiéndolo aproximadamente siete centímetros en su cerebro. A continuación movió el estilete a izquierda y derecha. Seguidamente, prosiguió con el otro ojo.
En tres minutos había destrozado los lóbulos frontales de Rose. Había practicado una operación aterradora: la lobotomía frontal. Los daños fueron irreversibles. La muchacha quedó impedida, sumida en un profundo retraso mental y se volvió torpe, al perder la coordinación física. Pero no desapareció el gusto por tontear con chicos.




Hay personas que no debian tener hijos
Escalofriante….