De la irracionalidad del hombre común se obtienen pruebas a cada instante. Basta observar el comportamiento que empuja a una persona a decidirse, por ejemplo, por una Coca-Cola cuando en realidad le gusta más el sabor de la Pepsi. Incluso a la hora de decantarse por una transacción bursátil en lugar de por otra.
Desde un punto de vista científico, no hay lógica. O, al menos, no en la manera en que los teóricos de la economía liberal clásica dibujaron su Homo economicus: un ser que resuelve dudas en base a preferencias razonables, especialmente aquellas que afectan a su bolsillo.
Sin embargo, lo que no previeron fue la influencia en la toma de decisiones de algo tan irracional como las emociones personales. Descifrar este misterio se ha convertido en una obsesión de los grandes lobos de Wall Street, de multinacionales del marketing y también de universidades de Estados Unidos, Alemania y Japón, que se han lanzado a una enloquecida carrera por descifrar las claves emocionales del comportamiento económico del hombre, la neuroeconomía. Ver artículo completo »













